Siendo tú, como tú cuando lo quieres

Regresando de una larga vacación por mi país de nacimiento, Venezuela. Después de tres meses he regresado a mi segunda casa (Madrid) para encontrarme con aquel que habita en mí al cual tengo como compañero. Muchas experiencias vividas, una montaña de las de los parques de atracciones de emociones (recuerdo un viaje a Tampa, Florida cuando me monte en MONTU, una de las grandes atracciones de aquella época, y fue realmente furioso). Descubrí que eso de las montañas rusas no es mi fuerte y ahora estoy descubriendo que eso de emociones tristes, no positivas, reprimidas, abandonadas, huérfanas de colores y alegrías no son las que a mí me gustan.

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Han pasado tres años y medio desde que dejé mi país,
y aunque escucho las noticias y sigo los acontecimientos,
nada se compara con lo que vi y viví en carne propia:
un panorama complicado, inexplicable, doloroso,
desolador y angustiante, donde la tristeza
y las carencias más elementales se cruzan en cada esquina.
El ambiente se ahoga en ruido,
un aire viciado que pesa, un asfalto que quema,
y un sol radiante que no calienta a todos,
mientras los mayores luchan por sobrevivir,
y la educación queda relegada a las sombras,
sin vislumbrar luz al final del túnel,
es una desesperanza aplastante.

Aquí no se vive, se sobrevive;
el cerebro reptil toma el control,
regresamos a los instintos ancestrales:
levantarse de la cama para llenar el tanque de gasolina,
soportar colas que se eternizan,
incluso días de espera por unos pocos litros de vital líquido.
A pesar de que la gasolina cuesta solo 0.5 dólares,
el tiempo en las estaciones de servicio es interminable.
Buscar alimentos del día se convierte en un ejercicio de paciencia,
mientras la economía dolarizada ofrece pensiones exiguas
de apenas siete dólares al mes.
Imaginen, si pueden, cómo se sobrevive en este mundo.

El cerebro reptil ordena y actúa,
siempre activo, las 24 horas,
lo que conduce a una fatiga emocional
y a una desilusión profunda,
perdiéndose la esperanza en un futuro incierto.
El cerebro límbico lleva la carga más pesada:
desconfianza y celos pululan en el aire,
y la palabra “amar” se oculta tras muros de miedo,
el temor de abrir el corazón,
de confiar, de cooperar, de ser benevolentes.
No hay tiempo para relajarse, para reflexionar,
las letras de la poesía parecen dormir
en un letargo que silencia su poder.

La neo corteza, la parte de nuestro ser que anhela actuar,
quiere, crear, fomentar, conexión,
pero su energía se agota en la lucha diaria.
La rutina devora el pensamiento,
mientras los días se despliegan en un susurro,
y los meses siguen su curso
hasta que llega la Navidad,
celebrando con una mente en un nuevo despertar,
pero seguimos, parados, muy lejos
de donde realmente quisiéramos estar.
Esa felicidad que solía residir en nuestro interior
ha sido desplazada a un rincón extraño,
donde se torna inalcanzable.

Nos sentimos atados,
sin cadenas, sin cercas,
pero encarcelados en nuestra propia existencia.
Una tesis magistral podría abordarse
desde la sociología y la psicología,
relacionando lo que sucede en mi patria querida,
donde han condicionado nuestra esencia,
imponiendo un modelo que se ha ido afianzando
con cada año que pasa.

Al pasar tiempo lejos de esta sociedad venezolana,
me doy cuenta de cómo las sociedades evolucionan
según los gobiernos que las dirigen.
Algunas ofrecen más libertad, más oportunidades,
mientras otras presionan sus límites.
El problema radica en la falta de elección,
pues emigrar requiere un capital que muchos no poseen,
y la idea de un nuevo hogar suena fácil,
pero emigra es una de las decisiones más complejas,
una travesía que puede pesar en el alma.

Sin embargo, dado que la situación es tan adversa,
casi siete millones de compatriotas
han desafiado las dificultades y se han aventurado,
los primeros, aquellos que contaban con recursos,
seguido de los que confiaron en sus capacidades,
y, en los últimos años,
casi todos los mayores de 20 años
unidos por un deseo común:
un futuro mejor,
partiendo sin dinero, sin enseres,
en busca de un sueño que un día nació en sus corazones.

Lo que un emigrante venezolano anhela
es un sueño simple:
ir a una tierra donde haya oportunidades
para trabajar, formar una familia,
vivir en paz, en libertad.
Esta narrativa, aunque breve,
es la radiografía de un país
que fue importante en el panorama mundial
y que hoy ha cambiado,
e intenta entender a su gente en la diáspora
más grande de la historia,
sin guerra, ni confrontaciones,
si no con un grito silencioso de libertad,
de no dejarse secuestrar,
de no vivir a la sombra de la supervivencia,
de florecer en un mundo que dejó de ofrecer opciones.

Frase de hoy:
“El exiliado mira hacia el pasado, lamiéndose las heridas;
el inmigrante mira hacia el futuro,
dispuesto a aprovechar las oportunidades a su alcance.”
— Isabel Allende

“Un inmigrante siempre será un inmigrante.”

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