Nuestros políticos reptilianos

Un reptil no te va a querer por mucho que la acaricies: el no entiende, no razona, no tiene conciencia, no es reflexivo. Su cerebro sólo atiende a la sed, al hambre, al sexo y al sentido de la orientación, que son los instintos básicos o primarios de la supervivencia. En cambio tu mascota, digamos tu perro, apenas te ve, muestra su alegría moviendo el rabo y excitado por el miedo o la rabia ladra a quien no conoce, porque su cerebro ha alcanzado ya la fase evolutiva de las emociones, se ha desarrollado en el cerebro límbico.

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La información, cualquier estimulo  proveniente del medio ambiente y que es captado por nuestros sentidos entra primero a los cerebros límbico y reptil es decir que el sustrato fundamental de las personas antes de llegar al uso de razón, la utilización de su cerebro neocórtex, está abastecido por esos dos cerebros todavía activos que llevamos incorporados bajo el neocórtex, donde radica el intelecto: el cerebro ciego del reptil y el llamado límbico de los mamíferos superiores.

Sólo así se explica que un científico de biología molecular se enronquezca  insultando al árbitro en el fútbol con ladridos de perro y vuelva luego al laboratorio a investigar con paciente sosiego sobre el ADN de la mosca del vinagre; o que un catedrático de lógica matemática se vista de nazareno en Semana Santa y cargue con la peana de la Virgen Dolorosa; o que Jack el Destripador se deshiciera en lágrimas cuando murió su gato. O que aquel muchacho esposado en dirección a la cárcel, voltea y diga “es que nunca tuve un padre”.

Por medio del cerebro reptil, sabemos llegar al bar de la esquina al que fuimos un día; llegamos a casa conduciendo el coche después de una alta ingesta de alcohol sin darnos cuenta de cómo lo hicimos, amparamos ferozmente a nuestras crías, adoramos a Dios, amamos a la patria, tememos al poder, defendemos nuestro territorio. Guiados por el cerebro límbico que libera pasiones más o menos primitivas, y está muy ligado con el cerebro reptil, nos enamoramos perdidamente, nos emocionamos ante los colores de la bandera o de la camiseta de nuestro equipo, recordamos y coloreamos las emociones de nuestras memorias con solo cerrar los ojos.

Hay que tener cuidado con el uso adecuado de esos cerebros más primitivos e inconscientes por que los humanos tendemos a comportarnos mas como reptiles en nuestra sociedad. Y muchos seres reptiliano son expertos en la manipulación de dichas estructuras cerebrales para manejar y controlar las masas. El llamado secuestro emocional del que estamos sufriendo en todas partes del mundo.

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No hay más que ver cómo ladran con furia o mueven el rabo algunos perros en medio de la vida pública, con qué gusto culebrean algunas serpientes entre los conceptos pantanosos de familia, religión, nación, lengua y territorio, excitando los instintos primarios de los ciudadanos, para darse cuenta de que gran parte de la política española, lejos de haberse instalado en el cerebro neocórtex, se mueve todavía en la fase preliminar a la razón. Algo de esto intuía Maquiavelo cuando en sus consejos al Príncipe dijo que hay tres clases de cerebros: el que discierne por sí mismo, el que sólo entiende lo que otros disciernen y el que no discierne ni entiende nada. Esta tercera clase de cerebro, que Maquiavelo califica de inútil y que puebla infinidad de cráneos, es el que algunos políticos alimentan con conceptos sagrados y viscosos, mediante un juego sucio, para excitarlos y extraer de ellos sólo emociones primarias de mamíferos superiores con el único fin de controlar las masas y sus conciencias.

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