La mente del procrastinador

En los dos posts anteriores hablamos en relación a la procrastinación y sus maneras de manifestarse. Hoy les comparto este articulo referente a la mente del procrastinador basado en el blog de Tim Urban

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“No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy.” De esta conocida premisa huye todo buen procrastinador, movido por el objetivo de aplazar el cumplimiento de una obligación lo máximo posible. ¿Crees que eres el único que deja para más tarde tareas que podría estar realizando en este mismo momento? Pues no estás solo. El blogger Tim Urban, un procrastinador experto, nos invita en esta divertida y perspicaz charla dentro de un TED celebrado recientemente a preguntarnos qué es lo que estamos aplazando, antes de que se nos acabe el tiempo. Tim Urban sabe que la postergación no tiene sentido, pero no puede remediarlo, lleva toda la vida esperando hasta el último minuto para hacer las cosas y parece que no le ha ido mal. En el marco de un evento TED celebrado en Vancouver, titulado “Dream”, este conocido blogger nos cuenta entre carcajadas cómo funciona la mente de todos los que como él tienen un espíritu procrastinador nato.

Cómo funciona la maravillosa mente de un procrastinador profesional

Hay que explicarles a los ‘no-procrastinadores’ del mundo que lo que nos pasa por la cabeza no es tontería

Te ha pasado 80 veces. Ya sea el trabajo para dentro de una semana o de seis meses, tienes todo un glorioso horizonte temporal frente a ti que desaprovecharás irremediablemente hasta el último minuto, condensando todos tus esfuerzos, estrés y noches de empalmada —con Red Bull incluido— para llegar a entregarlo, derrapando en tu propio sudor, un segundo antes de la hora límite. Y así con todo en la vida. Eres un procrastinador profesional, pero no estás solo: el bloguero Tim Urban ha descrito tu vida en una TED Talk con la que se han identificado 14 millones de personas.

Para los que lo dejan todo para el último minuto, el resto de humanos parecen semidioses de la organización y la fuerza de voluntad. Si alguien tiene que cumplir con una fecha límite, ya sea en el curro, los estudios o en su vida personal, lo lógico es que empiece a hacerlo con tiempo e intente sacárselo de encima cuanto antes. Pero para algunos, eso es ciencia ficción. En su charla, Tim cuenta que en la universidad elaboró un plan para no dejar la tesis para el último minuto, y en su mente era precioso. No le funcionó, y acabó escribiendo 90 páginas en cuatro días. Reconoce que le salió una tesis de mierda.

Tu cerebro es un adicto a lo fácil

El emprendedor tiene la hipótesis de que el cerebro de los procrastinadores funciona distinto al de los demás, y lo expone de una forma más fulminante que científica: en monigotes de estilo preescolar. Mientras que el cerebro de un no-procrastinador lo gobierna el pensamiento racional, que lo ayuda a sentarse para hacer un trabajo y ¡lo hace!, en el de un maestro de la procrastinación lo que reina es el \’Mono de la Gratificación Instantánea\’. Este habitante de nuestro cerebro premia lo fácil y lo divertido, de forma que tú te dispones a trabajar pero acabas mirando por vigésima vez el Whatsapp, viendo otro capítulo de Netflix o yendo a la nevera a ver qué ha cambiado en los últimos diez minutos.

A ese \’Mono\’ no le gusta que el \’Motor de Decisiones Racionales\’ decida ser productivo, así que toma el timón de tu cerebro para que entres en una espiral sin fin de vídeos absurdos o acabes echándote una siestecita. En realidad, según Tim, el \’Mono\’ no es una anomalía, y tiene sentido biológicamente: hay que encontrar comida, algo de sexo y descansar, pero si no hay peligro, ¿para qué hacer esfuerzos? La estrategia nos iba muy bien en la prehistoria, pero a nuestro jefe o profesor quizás no le parezca tan razonable.

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Tu mente se ha apalancado en un ‘Patio Oscuro’

Oigan, señores que no procrastinan, no hemos venido a justificarnos los que vivimos siempre al borde del abismo temporal. Pero sufrimos más de lo que pensáis, porque acabamos siempre en lo que Tim denomina \’El Patio Oscuro\’. Seguramente sepas de qué hablo: es ese estado mental agridulce en el que haces actividades de ocio sabiendo que no es lo que toca en ese momento. Te diviertes, pero te odias, te quieres dar con un mazo en la cabeza, pero qué cómodo se está en el sofá y cómo entra ahora (otra) siestecita.

Pero todo esto se acaba cuando llega el peligro, y entra en juego el ángel de la guarda del procrastinador: el \’Monstruo del Pánico\’. Inactivo la mayor parte del tiempo, este ente conceptual despierta cuando la fecha límite se acerca, o cuando sabes que te vas a llevar una buena bronca como no hagas algo YA. Este estímulo es lo único que puede espantar al \’Mono de la Gratificación Instantánea\’ y dejar que recupere el timón tu parte racional.

Si tu día a día es así, no eres un \»puto desastre\» sin más, como probablemente te autodenomines, porque tu caso lo comparte muchísima gente. La primera vez que Tim escribió sobre esto en su blog Wait But Why, el post se viralizó hasta el punto que empezó a recibir miles de emails de gente de todo tipo, enfermeros, banqueros, pintores, ingenieros y (muchos, muchos) estudiantes de doctorado, que se identificaban con su historia. El mundo no se acaba por ser procrastinador, aunque sí, tendrás enormes picos de estrés justo antes de las fechas límite.

Hay cosas que no tienen plazos

El verdadero problema, según Tim, no es la procrastinación a corto plazo, sino la implicación que puede tener en tu vida cuando no hay plazos. Cuando nada que te obliga, ni te empuja ni despierta tu ‘Monstruo del Pánico’, entonces sí puede ser un problema ser procrastinador. Porque según como quieras que sea tu carrera, si quieres ser artista o emprendedor o si tienes proyectos vitales más allá de un contrato, nadie te estará torciendo el brazo para que te pongas fechas límites. Y por supuesto, en la vida personal también hay cosas importantes que no tienen plazo, como cuidar de tu familia, o mantenerte en forma por tu propia salud.

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Cuando el ‘Monstruo del Pánico’ no despierta nunca, la procrastinación no es tan graciosa ni es tan fácil de dibujar con monigotes, y todos podemos padecerla en silencio y a solas. El mensaje de Tim es que tu problema no es un dedo acusador de tus padres o de la sociedad que te dice cómo o cuándo tienes que actuar, sino que la procrastinación indefinida puede hacerte infeliz a largo plazo. Si no quieres despertarte un día sin ni siquiera haber intentado conseguir algo que deseas, y acabar sintiéndote espectador en tu propia vida, quizás es hora de pillar a tu \’Mono\’ por la cola. Pero bueno, ya si eso, mañana.

Hoy esto no parece funcionar de la misma manera. El futuro ya no es tan incierto. Tenemos bastante seguridad en nuestras vidas y poco a poco hemos sido capaces de dominar nuestro autocontrol. Nuestro cerebro ha evolucionado para poder aplazar las recompensas. Sin embargo, sigue siendo mucho más tentador obtener un beneficio inmediato que esperar por él. Y es que, el poder aplazar un premio no es una tarea nada fácil. Los niños tardan un tiempo en poder vencer la impulsividad, controlarse y aprender que, a veces, es mucho mejor aplazar la recompensa y centrarse en el beneficio a largo plazo. Aún así, hay algunos que nunca lo consiguen.

La impulsividad está muy ligada a la procrastinación. Es un rasgo de personalidad que consiste en la tendencia sistemática a buscar la satisfacción a corto plazo, sin pensar mucho en las consecuencias. Si somos impulsivos y nos dejamos distraer por esas acciones que nos llevan una gratificación inmediata, seremos más propensos a procrastinar.

La impulsividad y la procrastinación son rasgos bastante heredables, según este estudio. Además, según los investigadores, ambos rasgos se solapan, siendo la procrastinación una manifestación moderna de la impulsividad que manifestaron nuestro ancestros.

Nunca es el momento adecuado

A veces procrastinamos, simplemente, porque no vemos el momento adecuado para hacer la tarea. Por ejemplo, puede que no encontremos el momento para decirle a nuestra pareja lo que sentimos, o para visitar a nuestros familiares, o para disculparnos con alguien. Comunicar algo incómodo o desagradable a alguien que nos importa siempre resulta difícil, tenemos miedo de cómo reaccionará.

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