La educación actual. Una visión pasajera. La educación emocional una necesidad!!!!

Hace algunos años ya, acceder a la educación era una manera de garantizar la transmisión de valores culturales y sociales representando una distinción importante, e incluso muchas familias de escasos recursos, trabajaban extra para poder mantener y acompañar la formación de sus hijos. En ese contexto, profesores y directores eran personas respetadas y valoradas por sus conocimientos y experiencias. Se esperaba de ellos un comportamiento ético y equitativo, y la moral era la mayor distinción de una persona de bien, que se enorgullecía por su profesión y por brindar algo a los demás. En este sentido, Dyson, en Brunner (2000) describe a la educación como la posibilidad de asociar el pasado con el futuro, transmitiendo la herencia cultural de generaciones pasadas para retomarlas frente a las exigencias del mundo futuro.

Como sostiene Gendron (2009), uno de los autores seleccionados para el presente trabajo, la figura del maestro fue hace tiempo fuente de autoridad y el docente estaba investido así de una autoridad instituida, pero actualmente, el rol del docente es cuestionado y así también su autoridad. Es así que los docentes, deben ahora demostrar idoneidad y justificar su autoridad, necesitan hablar, explicar, y hasta negociar para obtener la atención de su grupo.

Los currículos académicos del siglo XX se centraron en el desarrollo cognitivo, es decir en la adquisición de conocimientos, dejando de lado a las emociones; pero hoy sabemos que, para un buen y completo desarrollo de nuestros alumnos, ambas dimensiones son esenciales y complementarias.

El mundo ha cambiado y las relaciones interpersonales también. Incluso el acceso de los niños a la información y las nuevas tecnologías han cambiado la infancia.

Como lo expresa Gendron (2009), el docente enfrenta a diario situaciones de tensión que influyen no sólo en él mismo, en su relación con sus pares y alumnos, sino que afectan también los procesos de enseñanza. Podemos mencionar como ejemplo, la falta de tiempo, el exceso de trabajo, dificultades financieras de algunos centros educativos, malestares del personal docente y las complicaciones de los responsables de la institución frente a situaciones difíciles vinculadas con el aprendizaje, situaciones de violencia en las escuelas, y la gestión de problemas de delincuencia.

Es así como, todos los que encontramos nuestra vocación en la educación, sentimos que enseñar, no es únicamente un acto cognitivo, sino que como manifiesta Gendron (2009) también están asociadas acciones sociales y afectivas que influyen directamente en el clima laboral y del aula. Ser conscientes de nuestras emociones y desarrollar las competencias emocionales, nos permite desarrollar la resiliencia, y guiar a nuestros alumnos con un liderazgo que se caracteriza por la ética, el acompañamiento, la pedagogía, el apoyo de pares, de manera de favorizar las acciones sociales en todo tipo de contexto.

Las repercusiones de la educación emocional pueden dejarse sentir en las relaciones interpersonales, el clima de la clase, la disciplina, el rendimiento académico, etc. Desde esta perspectiva, la educación emocional es una forma de prevención inespecífica, que puede tener efectos positivos en la prevención de actos violentos, del consumo de drogas, del estrés, de estados depresivos, etc. (Bisquerra, 2001, p.11).

Bisquerra (2001) detalla algunos momentos de la vida escolar que representan desafíos permanentes que pueden minar la estabilidad emocional de las personas intervinientes, y que las predisponen a estados de estrés, síndrome del burnt out [4] y depresión entre otros, como ser:

Entrar a una clase donde el alumnado muestra desinterés y poca motivación,

Reuniones de profesores con criterios diversos y evidente incompatibilidad personal entre muchos de ellos,

Lograr conseguir la colaboración de algunos padres en la formación de sus hijos,

Conflictos varios en el diario acontecer escolar, como ser violencia, indisciplina, entre otros.

De esta manera, este autor, remarca la necesidad de desarrollar una propuesta en educación emocional, a través del desarrollo de las competencias emocionales, no sólo como factor de prevención sino como manera en la que el docente se beneficia doblemente: tanto para su propio desarrollo profesional y personal, como para poder enseñar y difundirlo a su alumnado.

Bisquerra (2001) explica que la respuesta a la necesidad del desarrollo emocional como complemento del desarrollo cognitivo, es la educación emocional, que permite educar para la vida y cuyo objetivo es conocer las emociones, el desarrollo de la conciencia emocional, la capacidad de controlar las emociones y adoptar una actitud de vida positiva.

Se plante la necesidad de incluir en el currículo de un centro educativo, a la educación emocional, desde una propuesta innovadora y coordinada en todos sus ciclos, no sólo como una cultura formadora sino también como una propuesta preventiva de posibles futuros problemas de conducta y de actitud, frente a situaciones de la vida cotidiana.

El deseo es lograr una nueva propuesta educativa, donde el conocimiento y el manejo de las emociones se complementan en todos los contenidos del currículo, para ofrecerles a las nuevas generaciones, no sólo una rica formación en conocimientos y saberes, sino en el conocimiento de su sentir, de cómo gestionarse y liderar, de escucharse, respetarse, fortalecerse para seguir adelante y lograr eso mismo en sociedad

Las emociones son motivadoras, por cuanto nos ayudan a defendernos de estímulos dañinos o acercarnos a los beneficiosos.

Las emociones favorecen la flexibilidad de respuestas del organismo (conductas) frente a diferentes estímulos.

Cumplen función de alerta, poniendo en acción los sistemas cerebrales, endócrinos y metabólicos.

Mantienen el interés y la curiosidad

Cumplen funciones de comunicación creando vínculos emocionales.

Guardan y recuperan memorias con mayor eficiencia.

Tienen injerencia en el proceso de razonamiento, por cuanto hay significados emocionales que construyen nuestro pensamiento.

[…] La enseñanza en sus diferentes niveles, y cuando se remite a niños y jóvenes de diferentes edades, no puede basarse solo en las disciplinas y sus obstáculos. Tiene que entender obligatoriamente los ciclos vitales, las subjetividades, las emociones y los deseos de cada uno de sus destinatarios. La risa, el juego, el placer no pueden desvirtuarse, pedagogizarse o generar falsas condiciones para la enseñanza. Si sostenemos el valor del interés, la reflexión y el análisis para el estudio, debemos aprender a despertarlos y también respetarlos en aquellas cuestiones propias de las diferentes generaciones (Litwin, 2013, p.42).

tomado del blog las neurociencias y su impacto en la educación teseopress.com

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