¡Buen día a todos aquellos que transitan por este espacio en busca de algo que los ayude a crecer, a nutrir el alma, el cuerpo y la mente! Algo que nos permita disfrutar de momentos agradables y que quizás podamos poner en práctica en nuestra vida diaria.
En estos últimos días, tras mi viaje a Portugal y mi visita a varios lugares de profunda raíz espiritual, he tenido la oportunidad de reflexionar sobre la funcionalidad de nuestros tres cerebros. En esos centros ancestrales, donde se respira historia y se siente el eco de siglos pasados, he contemplado cómo la sociedad evoluciona, mientras nosotros nos sumergimos en la vorágine del día a día. Nos dejamos llevar por un huracán de materialidad, prisa y urgencias que, en realidad, son ficticias, olvidando dedicar tiempo a nuestra autoevaluación interior.
Cada jornada, cambiamos de máscaras, como si nuestra esencia fuera distinta. Nos transformamos en personajes que a menudo se alejan de lo que realmente somos.
Las apariencias engañan. Cuántas veces en tu vida has experimentado decepciones con personas que creías extraordinarias y que pensabas que eran buenos amigos. A todos nos ha pasado. Nadie puede ocultar lo que lleva en su interior; esa vibración con la que llegamos al mundo y aquellas cualidades que revelan nuestras buenas intenciones. Esa energía positiva da color a nuestra vida, dibuja nuestros pensamientos y nos moldea como buenas personas. No se puede ocultar; se manifiesta en nuestra forma de expresarnos, de juzgar y de trabajar. Yo creo firmemente que para ser bueno en algo, primero hay que ser una buena persona. La definición de \»buena persona\» no se basa en el estatus social, la edad o la religión; hay un entendimiento universal de lo que esto significa, y creo que todos lo conocen.
Aquellos que tienen esa vibración especial en el alma son quienes aglutinan, quienes unen corazones, quienes nos tocan sin siquiera rozar la piel y nos hacen sonreír cuando estamos tristes. Son personas que se destacan y, por supuesto, hay quienes se sienten incómodos frente a estas almas auténticas, humildes, alegres y agradecidas. Es un don que algunos reciben de Dios y que aquellos que lo poseen deberían compartir con el mundo. Este equilibrio es el resultado de la conexión entre nuestros cerebros más primitivos, ligada a emociones armoniosas y a una razón feliz y flexible.
Debemos esforzarnos por vibrar, mostrar nuestra energía interior y dejar de lado las apariencias que nos llevan a complacer a quienes no merecen nuestra atención. Ser auténticos es fundamental, independientemente de si a otros les gusta o no. Porque todo comienza con el amor propio; si no nos amamos a nosotros mismos, no podemos ofrecer amor a los demás.
Quizás no hemos nacido con ese don de la bondad y la buena onda, pero a lo largo del camino de la vida, si nos lo proponemos, podemos aprender a convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos. Si logras ello, serás una buena persona. Mantente siempre en un pensamiento positivo; puede que no cambie tus circunstancias, pero sí la perspectiva con la que enfrentas la vida.
La intuición de nuestros cerebros casi nunca falla. Úsala para encontrar a esas personas buenas y únete a ellas en el sendero de la luz y la verdad, porque ahí es donde se encuentra la esencia de la vida.
Recuerda que las apariencias nunca revelan la verdad y a menudo nos engañan, pero la energía de una buena persona no miente; es como una gripe que es difícil de ocultar: siempre saldrá a la luz, solo necesitas reconocerla.
La frase de hoy: \»Tu vibración (hemisferio derecho) determina a quién atraes a tu vida. Tu cerebro límbico te indica a quién deseas en tu vida, y tu comportamiento (cerebro reptil) decide quién se queda en tu vida.\»