¿Cómo aprendemos ? Hacia una nueva educación…

Quiero compartir con Uds. una serie de reflexiones de David Bueno quien es catalan, científico, investigador y estudioso de los procesos cerebrales. Un tema sumamente importante como lo es la educación y como el cerebro puede ser utilizado a través de los nuevos descubrimiento de las neurociencias para potenciar el aprendizaje en nuestras nuevas generaciones. Ya debemos de poner fin al estilo educativo bajo el cual la generación de los 50, 60 y 70´s fue formada. Ahora nos toca enseñar a los nuevos descendientes en una manera mas practica y mas eficiente de aprender para afrontar los nuevos retos de nuestra sociedad. Y es aquí donde la teoría de los tres cerebros juega un papel importantísimo, especialmente el cerebro Limbico del sentir y de las emociones y el hemisferio derecho de la sorpresa, la imaginación, la creatividad, la motivación y la intuición. Estos son los nuevos elementos que un empleador buscara en sus nuevos empleados. No que se sepan las formulas y algoritmos, sino que sepan como manejarlas y aplicarlas. Que sepan como intuir, explorar, como pensar y preguntar y como ser libres y agradecidos.

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¿Cómo aprendemos? ¿Qué zonas del cerebro se activan cuando se produce el aprendizaje?

Aprendemos de muchas maneras diferentes, por imitación, repetición utilizando las neuronas espejo, ensayo y error, etcétera, y en cada caso se activan unas redes neuronales u otras. El resultado final, sin embargo, es muy semejante. Todo lo que aprendemos queda almacenado en conexiones neuronales, lo que implica que el aprendizaje altera físicamente el cerebro. Esto tiene una especial relevancia si consideramos que todas nuestras capacidades mentales, toda nuestra vida mental, surge de la actividad del cerebro, la cual depende de las conexiones neuronales que contenga.

Aprender altera las conexiones neuronales y éstas generan la vida mental, por lo que todo aquello que aprendemos y muy especialmente la forma en ‘cómo’ lo aprendemos, influye en la visión del mundo y en la relación con el entorno, incluidos los futuros procesos de aprendizaje que vamos a tener.

Entonces, ¿cómo afecta esto a la forma de enseñar?

Debe ser percibida siempre como un proyecto a largo término. Hacer memorizar y preguntar sólo memorísticamente, por ejemplo, generará personas con menos capacidad para analizar críticamente su entorno que educar a través de la reflexión y el análisis, porque el tipo de conexiones será distinto. Usar el miedo como estrategia generará personas más temerosas y menos transformadoras, puesto que transformarse implica cambiar, y para cambiar hay que aprender cosas nuevas. Y aprender habrá quedado asociado al miedo.
En cambio, usar la curiosidad y el refuerzo positivo llevará a personas con redes neuronales que estimularán más estos aspectos mentales, cruciales para vivir con más optimismo y continuar avanzando y creciendo intelectualmente. También se sabe que el cerebro tiende a almacenar mejor, y a usar luego con más eficiencia, los aprendizajes transversales y contextualizados que los puntuales y específicos, y que recuerda todo aquello que le ha emocionado y olvida lo que no.

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¿El modo en el que aprende el cerebro es distinto a medida que crecemos?

Por supuesto, ya que va madurando sus capacidades con la edad. Los niños pequeños, antes de los 3 años, por ejemplo, aprenden sobre todo cómo es su entorno social y natural, interactuando directamente con él, pero no lo pueden recordar de forma consciente puesto que la zona que permite gestionar la memoria (no almacenarla, sino gestionarla), el hipocampo, todavía no ha empezado a madurar.

El cerebro tiende a almacenar mejor, y a usar luego con más eficiencia, los aprendizajes transversales y contextualizados que los puntuales y específicos

EDUCAR CON CEREBRO
Repetir y repetir datos hasta memorizarlos no es el mejor camino para aprender. Los estudios científicos demuestran que la emoción, el deporte, la sorpresa y la experimentación son algunos de los ingredientes necesarios para sumar conocimiento.

¡Emociónate!
¿Recuerdas cuando ibas a la escuela y en algunas asignaturas te hacían aprender de memoria decenas de datos? Que si fórmulas de física y química, que si la capital de Colombia es Bogotá, que si la Revolución francesa estalló en 1789… Datos y más datos que el tiempo acaba borrando. Y aún más si el profesor era aburrido. En cambio, de seguro recuerdas a algún maestro que consiguió despertar tu atención e interés. La emoción es el ingrediente secreto del aprendizaje, dice la neurociencia, fundamental para quien enseña y para quien aprende. “El binomio emoción-cognición es indisoluble, intrínseco al diseño anatómico y funcional del cerebro”, explica Francisco Mora. Al parecer, la información que captamos por medio de los sentidos pasa por el sistema límbico o cerebro emocional antes de ser enviada a la corteza cerebral, encargada de los procesos cognitivos.

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Dentro del sistema límbico, la amígdala tiene una función esencial. Es una de las partes más primitivas del cerebro y se activa ante eventos que considera importantes para la supervivencia, lo que consolida un recuerdo de manera más eficiente. Las historias, por ejemplo, suelen fungir como auténticos activadores de esta región cerebral. David Bueno lo ha puesto a prueba con sus alumnos universitarios: “Cuando me toca explicarles, por ejemplo, el triángulo
de Tartaglia, una fórmula matemática que necesitan para resolver muchos problemas de genética, les cuento que en realidad el matemático italiano que lo formuló no se llamaba Tartaglia, sino Niccolò Fontana. Lo que pasa es que era tartamudo, tartaglia, en italiano. Y al final ese mote acabó dando nombre a la fórmula. Esa anécdota hace estallar de risa a los estudiantes, y lo mejor es que
ya no se olvidan de la fórmula”.

La sorpresa es otro factor que activa la amígdala. El cerebro es un órgano al que le gusta procesar patrones, entender cosas que se repiten siempre de la misma
forma, es la manera como se enfrenta al mundo que lo rodea. Ahora bien, todo aquello que no forma parte de esos patrones se guarda de manera más profunda en el cerebro. De ahí que usar en la clase elementos que rompan con la monotonía benefician el estudio.

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El neurólogo mexicano Jaime Romano investiga el cerebro desde hace más de 30 años; también ha atendido a niños y adolescentes con problemas de aprendizaje. Una década atrás echó a andar un laboratorio de neurociencias para tratar de entender mejor el proceso de educación. “Diseñé un modelo que se conoce como neuro pirámide, que cuenta con seis peldaños. En cada uno de ellos se plantea qué sucede con la información cuando va entrando por los órganos de los sentidos, cómo se procesa en el cerebro hasta que se convierte en aprendizaje. Y hemos visto que tiene que ver con procesos emocionales”, explica Romano. Ahora, este médico trabaja en el diseño de videojuegos que resulten útiles en todos los peldaños de la neuro pirámide. “Habrá juegos que refuercen, por ejemplo, el proceso de atención de los chicos; otros, el proceso de análisis y síntesis”, comenta. Su idea es crear una plataforma con videojuegos orientados a distintas edades. “Queremos mejorar la capacidad emocional y mental de los estudiantes, los procesos de cálculo, de comprensión, y eso repercutirá en que aprenderán mejor las matemáticas, a leer y a entender los textos, a fijar su atención”.


Mueve tus neuronas
En los últimos años, la ciencia ha demostrado lo que antes solo se sospechaba: el ejercicio proporciona bienestar físico y mental. Al parecer, cada vez que practicamos un deporte cardio vascular, al contraerse y estirarse, los músculos segregan una proteína que viaja al cerebro y allí promueve la plasticidad cerebral, generando nuevas neuronas, nuevas conexiones o sinapsis y, justamente, eso sucede en los centros de memoria. “A veces, cuando un alumno va mal en la escuela —señala el profesor David Bueno— lo quitan del deporte, para que así pueda estudiar más. Eso es un error, porque se le quita la actividad que le permite memorizar lo que estudia”.
También se ha visto que el deporte estimula la producción de endorfinas, las cuales generan sensación de bienestar, de placer, optimismo, y están íntimamente relacionadas con la concentración y la atención.


Una idea que defiende la neuro educación son las “ventanas”. Al contrario de lo que se creyó durante mucho tiempo, el cerebro no es estático, sino que
“existen ventanas plásticas, periodos críticos en los que un aprendizaje se ve más favorecido que otro”, afirma Francisco Mora. Así, por ejemplo, para aprender a hablar la “ventana” se abre al nacer y se cierra a los siete años, aproximadamente. Eso no quiere decir que pasada esa edad el niño no pueda adquirir el lenguaje, porque gracias a la plasticidad del cerebro, lo conseguirá
aunque le cueste mucho más, pero, asegura Mora, nunca adquirirá el dominio de la lengua que tiene un niño que aprendió a hablar de los 0 a los 3 años.
El hallazgo de la existencia de periodos de aprendizaje hace que las escuelas deban replantearse el modelo educativo. Para David Bueno, “hasta los 10 o 12 años, el cerebro tiene una ventana específica para aprender aptitudes, para manejar información, para razonar. Tal vez esa etapa sea el momento de potenciar la comprensión de un texto; que aprendan a razonar de forma matemática, en lugar de memorizar mucho contenido. En definitiva, trabajar aquellas habilidades que después conformarán un cerebro con ganas de aprender cosas nuevas”. En algunos casos, el sistema educativo actual choca contra esas “ventanas” cerebrales. Por ejemplo, cuando los niños son muy pequeños, tenerlos sentados en una clase, quietos, “sabemos que influye negativamente en su cerebro”, alerta Jaime Romano. Para poder madurar, crear nuevas redes de neuronas, el cerebro necesita experiencias nuevas.

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La neuroeducación aconseja que durante los primeros años de vida los infantes estén en contacto con la naturaleza, fuente inagotable de estímulos, pues a esas edades es cuando se construyen los perceptos, las formas, los colores, el movimiento, la profundidad, con los que luego se tejerán los conceptos. “Para construir buenas ideas hay que tener buenos perceptos. Son los átomos del conocimiento, del pensamiento —recalca Francisco Mora—. No podemos entender la educación si no tenemos en cuenta cómo funciona el cerebro. La
neuroeducación es mirar la evolución biológica y aprender de ella para aplicarla a nuestros procesos educativos”.


¡Ay, la adolescencia…!
En los actuales programas de educación, la forma en que se intenta enseñar a los adolescentes está totalmente en contra de los códigos del cerebro. A esta edad comienza la enseñanza de materias como Biología, Química, Física, que deben aprender de manera racional. Sin embargo, el cerebro de los adolescentes es plenamente emocional. “Desde un punto de vista evolutivo tiene sentido porque en esta época de la vida, los chicos buscan sus propios límites e intentan superarlos. Forma parte de una estrategia de supervivencia de la propia especie”, explica Bueno.
Así, tenemos cerebros desregulados emocionalmente a los que intentamos enseñar de manera racional. “Por eso muchos chicos en esta etapa dicen que no quieren estudiar ciencias”, añade este investigador en genética. ¿Cómo solucionarlo? Al incluir un poco de emoción. En lugar de hablarles solo de fórmulas y teoremas, se debe tratar de acercar la ciencia a sus vidas, enganchar a su cerebro social. ¿Y si el profesor de matemáticas no solo explicara el teorema de Pitágoras, sino que contara sus aventuras, para comprender qué llevó a este filósofo y matemático griego a enunciar este principio?

También habría que considerar los horarios. Al entrar en la adolescencia, el cerebro retrasa la hora de ir a dormir y también de despertarse. En contraposición, en esa etapa muchos centros educativos adelantan la hora de entrada de los chicos. “Se deberían adaptar los ritmos escolares a los biológicos”, destaca Bueno. Tampoco es necesario que estén tantas horas en clase. Si fueran más vivenciales, afirman los expertos, podría impartirse más conocimiento en menos tiempo.


Cambiar la escuela
“El sistema educativo actual es anacrónico. Los niños se aburren. Enseñamos de
la misma manera desde hace 200 años.
No tiene ningún sentido!”, exclama Marc Prensky, experto en educación e inventor del concepto “nativos digitales”. Para Sir Ken Robinson, otro gurú en educación, la escuela actual se diseñó durante la Revolución industrial, cuando faltaban trabajadores preparados para hacer lo mismo una y otra vez. El colegio seguía el mismo patrón: niños que aprendían de memoria los conocimientos para luego repetirlos como loros. “Necesitamos maestros que preparen a los niños para afrontar los nuevos retos. Ellos son capaces de transformar el cerebro de los alumnos, tanto física como químicamente, de la misma manera que un escultor con su cincel es capaz de crear una fi gura tan bella
como el David”, afirma Francisco Mora.

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Los docentes, de acuerdo con la neuroeducación, deberían comenzar a aprovechar todo lo que se conoce del funcionamiento del cerebro humano para enseñar mejor. Y eso no engloba solo matemáticas, lengua o literatura. “Muchas veces formamos a las personas para que sean grandes profesionales, pero nos olvidamos de que antes tienen que ser personas. Y eso también quiere decir aprender a disfrutar de su tiempo libre”, considera David Bueno.


Sabemos que no hay cerebro cognitivo que no haya sido filtrado por el cerebro
emocional. Por tanto, insiste Mora, hay que buscar el significado emocional de
lo que se enseña, para que el alumno piense: Siga contándome eso, profesor, que me interesa mucho. “Los profesores tienen que ser la joya de la corona de un país, porque sobre sus espaldas recae una enorme responsabilidad. Tienen que estar muy formados y conseguir que los niños se sientan realmente entusiasmados por lo que aprenden. Porque esa es la base para crear no solo ciudadanos cultos, sino también honestos y libres”.

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