Pesimismo y Optimismo

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Te has encontrado a personas que siempre están pensando en cosas malas, que siempre están viendo problemas en donde no los hay. Esas personas que ven el futuro como una catástrofe y que en sus mentes su primer pensamiento es siempre de fatalidad. Tienes algún amigo o amiga que cumple con esas características?. O quizás te encuentras con gente que es alegre, dicharachera que siempre esta viendo el lado positivo del vaso, incluso cuando no haya un vaso en la mesa. Entiendes lo que te quiero decir?. Cada uno de nosotros quisiera estar al lado de la persona que es optimista, esa que contagia cosas buenas y que vive afrontando el presente y el futuro con una buena cara e incluso con una sonrisa. Cuantas veces hemos apartado de nosotros a las personas pesimistas sin darnos cuenta que quizás ellos o ellas son así por el diseño de sus estructuras cerebrales.

Hablemos de la razón por la que las personas estamos divididas en dos bandos: aquellas que ante un determinado escenario se posicionan en lo peor, y las que por el contrario, suelen estar plenamente convencidas que pase lo que pase todo saldrá bien. Si analizamos ambas situaciones en relación al concepto “salud mental”, no hay duda posible: creer que siempre nos sobrevendrá lo mejor alienta la aparición de emociones como el miedo, el estrés, la tristeza, la ansiedad, la angustia y un largo etcétera, todas ellas por supuesto en su versión más patológica y disfuncional. Por el contrario, pensar que todo va a salir bien nos conduce al otro lado de la balanza, es decir, tranquilidad, calma, bienestar ante un futuro esperanzador y también claro está, cierta despreocupación, siendo de todas ellas, la última, la única que nos puede conducir al fondo del precipicio al impedir que prestemos atención a posibles imprevistos que nos pongan en riesgo.

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Sin embargo, a pesar de tener más que claro todo lo anterior, parece como casi ninguno de nosotros, estemos en un bando u otro, podamos elegir realmente nuestra manera de reaccionar ante los diferentes escenarios y situaciones imprevistas con que nos enfrentamos. Es como si en un momento determinado se nos hubiese introducido un software que nos obligase a reaccionar de una manera y no otra ante dichas situaciones. Al que le ha “tocado en suerte” preocuparse por todo, ponerse en lo peor, siempre acaba por caer en las trapas que la culpa, la ansiedad y la desesperación nos tienden. Poco importa que finalmente las cosas no acaben siendo tan terribles como habíamos aventurado. Menos aún la experiencia más que repetida de equivocaciones, es decir, de situaciones en las que los malos presagios jamás se cumplieron. Estas personas, ante una nueva situación de bajo control, suelen acabar sufriendo de forma indiscriminada al avanzar un desenlace forjado únicamente por su imaginación.

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A los anteriores se les suele etiquetar como pesimistas. Lo cierto es que son personas que parecen “gozar” anticipando un futuro desfavorable, castigándose por desenlaces inexistentes cuyo único aprendizaje es el de repetirse hasta la saciedad. Es como si auto infligirse sufrimiento resultase un requisito imprescindible para continuar sintiéndose vivos. No digo con esto que lo hagan a propósito. En realidad si todos ellos pudieran elegir bando, se situarían sin pensarlo un segundo en el contrario. Pero es como si algo dentro de ellos los orientase hacia un tipo de autodestrucción muy determinada: aquella que tiene lugar cuando se socaba toda opción al bienestar que la esperanza, la autoconfianza y una autoestima sana confieren. Y poco importa que en la mayoría de las ocasiones su funesta profecía no acabe cumpliéndose. Siempre acaban teniendo maneras de explicar su “fracaso”, que si la suerte, que si la casualidad, el azar o incluso la presencia de un ángel de la guarda. Y es que imbuidas como están en permanecer bajo las garras de la atribución causal negativa, estas personas provistas de sus anteojeras emocionales suelen ser incapaces de ver más allá de esa realidad que se empeña en profetizar nada más que desgracias y castigos. Alforjas que solamente alojan dolor, sufrimiento y malestar.

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